Robos detrás del mostrador

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Las farmacias autónomas ya no son ciencia ficción. Están sucediendo. Y ahora mismo, una startup llamada Queue está haciendo mucho ruido.

Queue acaba de salir del modo sigiloso con un robot que toma botellas selladas por un extremo y escupe viales llenos de recetas por el otro. Mecánica sencilla. Gran promesa. La compañía dice que pueden reducir los costos de entrega de medicamentos en un 96%. El noventa y seis por ciento.

Piensa en eso por un segundo. Los márgenes de las farmacias tradicionales son muy reducidos, la mano de obra es escasa y las tiendas siguen cerrando. A los inversores de Queue no les impresiona “gestionar” ese lío; Están respaldando la automatización de toda la capa de cumplimiento físico. Como dijo alguien, tienen “fundadores excepcionales que resuelven problemas masivos y urgentes con tecnología”.

Ponderación. Pero no están solos.

¿Recuerdas Amazon? El año pasado implementaron quioscos automatizados en las ubicaciones de One Medical. Cosas básicas: antibióticos, medicamentos para la presión arterial, inhaladores. Hannah McClellan, vicepresidenta de operaciones de Amazon Pharmacy, calificó la experiencia de “increíblemente satisfactoria”. Dijo que están usando su manual clásico: comenzar con el cliente y trabajar hacia atrás.

Si Jeff Bezos está construyendo máquinas para surtir recetas, Queue tiene que sentirse un poco más seguro con respecto a su modelo de negocio. La validación funciona en ambos sentidos.

Por qué es importante

No se trata sólo de tecnología más fresca. Se trata de acceso. O la falta de ella.

Los datos de GoodRx muestran que casi un tercio de los estadounidenses no completan sus scripts. Costos. Distancia. Desesperación. Hemos creado “desiertos de farmacias” donde la gente viaja durante horas sólo para tomar una pastilla. ¿Es esto realmente lo mejor que podemos hacer?

Los robots podrían arreglar la geografía. Poner una máquina dispensadora en una zona comercial, en una clínica rural, en el pasillo de un hospital. Bajar la barrera de los costos. Aumentar el alcance.

Pero espera.

Aquí está el inconveniente.

Un farmacéutico no es solo un cajero automático humano. Especialmente en las ciudades rurales, es el principal punto de contacto para la atención médica. Ellos aconsejan. Ellos aconsejan. Captan interacciones. Para algunas personas, hablar con su farmacéutico es el único chequeo médico que realizan durante todo el año.

Reemplace ese toque humano con una fría caja de metal y perderá la red de seguridad.

La automatización no puede verse como un sustituto de la experiencia humana, sino más bien como una herramienta para ampliarla.

Ese es el equilibrio. Esa es la esperanza. Las máquinas cuentan; la gente se encarga del cuidado.

O al menos ese es el plan. La realidad de escalar ese rurrher (o “más lejos”, si corregimos errores tipográficos mientras lo hacemos) aún está por verse. Esperaremos las pastillas. Y las conversaciones que solían acompañarlos.